El aire en el pasillo se sentía como mercurio congelado, denso y venenoso.
Daryel Metaxis no corrió; se retiró con la dignidad gélida de una reina que acaba de presenciar la caída de un reino ajeno.
Pero cada paso que daba era una puñalada dire ta al corazón.
La imagen de Sofía acurrucada contra el pecho de Alessandro Bianchi se había grabado en su retina, como una prueba fotográfica que aniquilaba cualquier duda: Sofía ya no era solo una víctima; sino que, era una aliada emocional de su capt