Los pasillos de la mansión Coleman siempre tenían una iluminación tenue, como si la luz no pudiera alcanzar cada rincón. Ni siquiera el sol, que se filtraba brillante por los ventanales, lograba iluminarla por completo.
La decoración era ostentosa. No por una cantidad excesiva de objetos, sino porque cada uno era excesivamente lujoso y estaba colocado como si fuera un trofeo. Cada jarrón, cada cuadro enmarcado en molduras doradas, las esculturas y los adornos, todos parecían exhibidos para deci