El invierno de 2065 fue el más silencioso que nadie recordaba.
No hubo tormentas, no hubo noches demasiado largas. El fiordo durmió una paz que parecía eterna, y el árbol de las historias, que había resistido décadas de viento y hielo, se meció con una suavidad que no era de este mundo. Las veintiséis reliquias colgaban de sus ramas como pequeños corazones latiendo al unísono.
Yo estaba allí. No en el árbol, no en la cabaña, no en la luz que a veces brillaba sobre el agua. Estaba en todas parte