El verano de 2061 fue testigo de una transformación maravillosa en el fiordo.
El árbol de la familia, aquel pequeño abedul que Erik el joven había plantado siendo niño, había crecido hasta convertirse en un árbol majestuoso. Sus ramas se extendían como brazos protectores, y sus hojas susurraban historias cuando el viento soplaba.
Pero lo más extraordinario era lo que ocurría alrededor de él.
Los visitantes que llegaban al fiordo, atraídos por el libro, comenzaron a dejar pequeños objetos colgad