El fiordo seguía siendo el fiordo.
Las montañas, el agua, el cielo eterno de medianoche. Todo estaba en su sitio. Pero algo había cambiado. O quizás no había cambiado nada, y éramos nosotros los que veíamos diferente.
El pequeño Leo —el niño, no el joven de la puerta— estaba allí, en la orilla, con los pies descalzos en el agua. Cuando nos vio aparecer, sonrió con esa sonrisa que iluminaba más que cualquier luz.
—Lo sabía —dijo—. Sabía que vendríais.
—¿Cómo? —preguntó Lena, aún aturdida por la