El viaje hacia el norte fue una progresiva disolución del mundo.
Primero desaparecieron los árboles, reemplazados por tundra infinita que se extendía como una alfombra parda y verde bajo un cielo de aluminio. Luego desaparecieron los caminos, y nuestras motos de nieve se convirtieron en los únicos trazos de humanidad en un paisaje que no los recordaba. Finalmente, desaparecieron los sonidos: el viento, que siempre había sido un compañero constante, se aquietó hasta convertirse en un susurro ape