PUNTO DE VISTA DE LEO
La comisaría era un mundo de luces fluorescentes, olores a desinfectante barato y puertas metálicas que resonaban como tumbas al cerrarse. Me llevaron a una sala de interrogatorios pequeña y hermética. Las esposas habían sido cambiadas por unas que me sujetaban a un anillo en la mesa de metal. Era un detalle humillante que dejaba claro mi nuevo estatus: un criminal, no un sospechoso.
Dos detectives entraron. Uno, mayor, con cara de haberlo visto todo y cansado de ello. El otro, más joven, con una intensidad de halcón.
—Leo—empezó el mayor, dejando caer una carpeta con fuerza sobre la mesa—. Tienes un día interesante. Extorsión, allanamiento, robo... y ahora esto. Espionaje industrial. Has subido de nivel.
—No robé nada—dije, mi voz sonaba ronca por la falta de uso—. Yo solo entregaba un paquete. Me dijeron que lo hiciera.
—¿Quién te lo dijo?—preguntó el joven, inclinándose hacia adelante.
—No lo sé.Llamadas anónimas. Un teléfono desechable. Ya lo tienen, lo regis