PUNTO DE VISTA DE LEO
La comisaría era un mundo de luces fluorescentes, olores a desinfectante barato y puertas metálicas que resonaban como tumbas al cerrarse. Me llevaron a una sala de interrogatorios pequeña y hermética. Las esposas habían sido cambiadas por unas que me sujetaban a un anillo en la mesa de metal. Era un detalle humillante que dejaba claro mi nuevo estatus: un criminal, no un sospechoso.
Dos detectives entraron. Uno, mayor, con cara de haberlo visto todo y cansado de ello. El