La oficina de la empresa despertaba con el habitual murmullo de teclados, pasos apresurados y el zumbido constante del aire acondicionado.
Era una mañana un poco nublada y ventosa. Leonor llegó temprano, como cada mañana, con su cabello recogido en un moño elegante y un blazer claro que resaltaba su porte sereno. No pasaba desapercibida, pero tampoco era opacada por sus compañeras. Había aprendido a moverse por ese entorno como si fuera un tablero de ajedrez: cada paso calculado, cada gesto me