El eco de los tacones de Emily resonaba por el pasillo principal como una marcha de guerra. Cada paso era firme, medido, y aunque su rostro mantenía la elegancia impasible de siempre, su mandíbula estaba tensa, lo que era comidilla entre sus empleados.
Sara la seguía con las manos en los bolsillos y una sonrisa juguetona, observando cómo su cuñada autoproclamada hervía por dentro.
—Wow… —dijo Sara rompiendo el silencio con tono ligero— si tuvieras una espada, juraría que ibas directo a una b