La sala de espera del hospital parecía un mundo paralelo al de Leonor. Cada minuto se sentía como una eternidad. Llevaba horas sentada en la misma silla, con la espalda rígida y las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos. No recordaba cuándo había sido la última vez que parpadeó sin sentir ardor. El sueño la presionaba, pero el miedo de descuidar a su hija era más grande que cualquier agotamiento físico.
A donde fuera que miraba las paredes eran entre blancas