La casa de Gabriel estaba en completo silencio, un silencio extraño para una casa tan concurrida como la de ellos.
Gabriel estacionó el auto de golpe. No cerró la puerta con cuidado, tampoco respiró antes de entrar.
Tenía la rabia subiéndole por la garganta como un incendio.
Entró sin tocar, Sarah venía atrás de él con paso apresurado intentando alcanzarlo sin tener éxito.
Su madre levantó la mirada desde la sala, donde revisaba unos papeles que él reconoció de inmediato.
Los mismos papeles que minutos antes habían hecho llorar a Leonor como si le estuvieran quitando la vida.
—Llegaste rápido —dijo ella, con esa voz calculada que usaba cuando ya sabía que había hecho algo terrible.
Gabriel no contestó, solo cerró la puerta detrás suyo con un golpe seco.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —preguntó él, sin rodeos.
Ella suspiró, como si estuviera cansada, como si la víctima fuera ella.
—Gabriel, yo hice lo que cualquier madre haría. Te protegí. Protegí tu derecho como padre.
Gabriel sintió co