La casa quedó en silencio apenas se cerró la puerta detrás de Gabriel. Ese ruido seco había sido como un sello, un muro, una línea que ya no se podía desdibujar.
La madre de Gabriel seguía sentada en el sillón, rígida, como si alguien la hubiera detenido en mitad de un movimiento.
Los papeles de la demanda reposaban sobre sus piernas, arrugados por la presión de sus dedos temblorosos.
Sarah estaba de pie en el marco de la puerta, sin moverse. No necesitaba decir nada más. Su frase había sido un