La casa quedó en silencio apenas se cerró la puerta detrás de Gabriel. Ese ruido seco había sido como un sello, un muro, una línea que ya no se podía desdibujar.
La madre de Gabriel seguía sentada en el sillón, rígida, como si alguien la hubiera detenido en mitad de un movimiento.
Los papeles de la demanda reposaban sobre sus piernas, arrugados por la presión de sus dedos temblorosos.
Sarah estaba de pie en el marco de la puerta, sin moverse. No necesitaba decir nada más. Su frase había sido un balde de realidad tirado sin piedad:
"Clara te va a odiar si la apartas de Leonor."
Y esa palabra —odiar— se le clavó a la mujer como astillas en el pecho.
Porque toda su vida había creído ser estricta por amor, dura por necesidad, firme por experiencia.
Pero ahora, por primera vez en años, dudó de sí misma.
—No tenía opción —murmuró, más para convencerse a sí misma que para responder.
Sarah negó despacio con decepción.
—Sí la tenías, mamá. Siempre la tuvimos. Era hablar, era arreglarlo como f