El silencio en la sala de audiencias es tan denso que podría cortarse con un bisturí. Todos los ojos están fijos en Amara Laveau, quien permanece erguida en el estrado. Su respiración es contenida, pero su mirada no titubea. Lleva las manos entrelazadas sobre el regazo, y su vestido formal contrasta con la fragilidad que emana de su rostro.
La jueza asiente levemente, dándole la palabra. Amara cierra los ojos por un instante, como quien invoca fuerza desde lo más profundo de su memoria. Luego,