Tres meses después
Cristóbal se arrodilla frente a la lápida, como lo hace cada mes, con ese peso insoportable en el pecho que nunca se aligera. El viento sopla suave entre los árboles, pero en su interior todo es tormenta. Lleva un ramo de lirios blancos entre las manos, temblorosas.
–¿Sabes algo? –susurra, apenas audible, mientras sus dedos rozan el mármol frío–. Ha pasado tiempo… pero sigo viniendo como si eso hiciera que doliera menos. Y no, no duele menos. Pero aun así… vengo.
Su voz s