Entra lentamente en la habitación, con pasos medidos y silenciosos, como un soldado que sabe que cualquier movimiento en falso puede desatar una cadena irreversible. Amara está sentada en un rincón, casi fundida con las sombras. Su cuerpo parece un cascarón vacío, una silueta desprovista de vida, sin luz ni resistencia. Sus ojos, antes fieros y desafiantes, ahora se apagan bajo un velo opaco.
Cristóbal la observa un instante más. Sabe que si la toca, si la abraza, si intenta rozar sus labios c