La madrugada cae pesada sobre la ciudad. Las calles, desiertas y dormidas, parecen contener el aliento mientras el auto negro avanza con sigilo por avenidas sin testigos. Dentro, el silencio es espeso, apenas interrumpido por el zumbido del motor y alguna que otra respiración contenida.
Amara va en el asiento del medio, entre Lucas y Cristóbal. Su cuerpo se tambalea ligeramente, dopado hasta los huesos. Los párpados le pesan, pero algo –un instinto antiguo, visceral– se resiste a rendirse. Tie