La tarde cae con una luz plomiza sobre la agencia, una de esas tardes en las que el aire parece cargado de algo indefinible, como si una tormenta se estuviera formando detrás de las nubes aunque el cielo aún se niegue a mostrarla. Liam trabaja absorto, o al menos pretende hacerlo, porque su mente lleva días incapaz de sostener un pensamiento más de cinco minutos sin que aparezca la imagen de Amara caminando por la casa, una mano sobre el vientre ya prominente, acariciándolo como si ese gesto fu