Tres meses después, la casa en Vieux-Pays de Goussainville ya no huele a abandono sino a café, a pan recalentado, a perfume barato de supermercado y a cansancio compartido, pero también se siente estrecha, cargada, como si las paredes se estuvieran cerrando lentamente sobre ellos, no por peligro externo, sino por algo más cotidiano y corrosivo: la sensación de no avanzar, de estar detenidos en una especie de limbo que los asfixia.
Sophie deja los platos en la pileta con un golpe un poco más fue