–Carlos –empieza Liam, con la voz baja, controlando el temblor que pugna por escapársele. – Antes de irme necesito pedirte un favor… pero te ruego que no estalles de rabia.
El ceño de Laveau se frunce y las venas se marcan en sus sienes. –Habla de una vez, muchacho –escupe, sin disimular la impaciencia. – Ya has consumido suficiente de mi noche.
Liam respira hondo, tanteando cada palabra como si fueran piezas de cristal. –Quiero que mantengas en secreto nuestra alianza. Que no le cuentes a Úr