Carlos le da la vuelta al departamento con pasos lentos, medidos, cruelmente tranquilos, como si cada objeto roto que pisa confirmara algo que siempre supo: su hija está hecha de fracturas que él mismo modeló. Los vidrios crujen bajo sus zapatos italianos, las fotos desgarradas de Liam y Kate se arrastran por el piso con el viento que entra desde el ventanal, y el olor a perfume caro mezclado con whisky rancio impregna el aire como un presagio.
Kate se seca la cara con el dorso de la mano, deja