El amanecer llega lento sobre la ciudad, un trazo naranja que rompe la línea del horizonte, como si el cielo se desgarrara desde adentro. El edificio Laveau despierta entre luces frías, guardias uniformados y un silencio tenso que parece impregnarse en las paredes. Algo late en el aire, algo pesado, anticipatorio, como si el mundo supiera que ese día no es un día cualquiera.
Amara está sentada en la mesa redonda del comedor privado del piso treinta y cuatro. Tiene una taza de té humeante entre