La casa aparece al final de un camino de tierra angosto, irregular, rodeado de árboles demasiado altos y demasiado juntos, como si la naturaleza misma hubiera decidido cerrar filas alrededor de ese punto exacto del mundo. No hay cercos visibles ni carteles. No hay señales de advertencia. No parece un escondite. No parece una trampa. No parece una escena del crimen.
Y ese es el verdadero problema.
La casa parece normal. Silenciosa. Casi tranquila. Una construcción sencilla, aislada, con una galería angosta y ventanas cerradas, sin luces encendidas. Podría ser la vivienda de cualquier familia que eligió alejarse del ruido. Podría ser un lugar seguro.
Los móviles se detienen a distancia, obedeciendo la orden precisa. Nadie se acerca de golpe. Nadie rompe el silencio. Los agentes descienden sin encender luces, sin radios audibles, sin sirenas. El perímetro comienza a cerrarse de manera progresiva, calculada, como un animal que sabe que un movimiento brusco puede hacer que su presa se v