Días después
La última pieza no aparece como una revelación limpia ni como ese momento casi cinematográfico en el que todo encaja de golpe. No hay luces, ni música interna, ni alivio. Llega de la peor manera posible: a través del cansancio acumulado, de la obsesión que ya no distingue horarios, y de una coincidencia mínima, insignificante en apariencia, que solo se vuelve visible cuando alguien ha pasado demasiado tiempo mirando en la oscuridad y aprendió a no apartar la vista.
Carlos lleva horas inclinado sobre la mesa. No recuerda cuándo fue la última vez que comió, ni cuántas veces recargó el café que ya no le hace efecto. Frente a él hay papeles desordenados, registros impresos, mapas abiertos con marcas hechas a lápiz, anotaciones al margen, flechas, cruces, horarios subrayados. También hay pantallas encendidas, pero las mira menos. No confía en los sistemas digitales; no después de Kate. Todo lo que ella toca se vuelve maleable, falseable, distorsionable. Kate sabe borrar huel