Durante la semana siguiente, y luego la que vino después, la casa dejó de sentirse como un hogar y pasó a ser un espacio compartido por rutinas que ya no se cruzaban, porque Liam salía antes del amanecer, cuando la ciudad todavía estaba envuelta en ese silencio espeso que antecede al movimiento, y Amara apenas se removía en la cama, agotada por jornadas que parecían no tener fin, mientras él se vestía en silencio, cuidando de no despertarla, aunque en el fondo sabía que ella ya estaba despierta