Durante la semana siguiente, y luego la que vino después, la casa dejó de sentirse como un hogar y pasó a ser un espacio compartido por rutinas que ya no se cruzaban, porque Liam salía antes del amanecer, cuando la ciudad todavía estaba envuelta en ese silencio espeso que antecede al movimiento, y Amara apenas se removía en la cama, agotada por jornadas que parecían no tener fin, mientras él se vestía en silencio, cuidando de no despertarla, aunque en el fondo sabía que ella ya estaba despierta desde hacía rato, con la mente ocupada en balances, llamadas pendientes y decisiones que nunca podían esperar.
Liam tomaba café solo en la cocina, de pie, sin sentarse, como si quedarse más tiempo del necesario lo obligara a enfrentar una conversación que ambos estaban evitando, y antes de salir dejaba siempre el mismo mensaje breve en el celular de Amara: “Ya salí. Que tengas un buen día”, un gesto correcto, educado, casi administrativo, muy distinto a lo que habían sido antes, cuando bastaba