Al día siguiente, cuando el edificio de la empresa apenas comienza a llenarse de empleados que entran en silencio, con cafés apurados y miradas cansadas, Cristóbal llega sin anunciarse, cruza el hall con paso firme, saluda apenas a la recepcionista y se dirige directamente a la oficina de Amara, empujando la puerta sin pedir permiso, como alguien que ya no está dispuesto a fingir cortesía cuando lo que va a decir puede dinamitar cualquier relación que aún quede en pie.
Amara está sentada detrá