Las horas pasaban y la tensión aumentaba. Agnes no había vuelto al hospital; estaba ocupada decorando su nueva casa. Aunque se sentía cómoda viviendo con sus suegros, moría de ganas por instalarse en el lugar donde comenzaría su familia. La ilusionaba tener un espacio propio, íntimo, que representara a ambos.
Ares, en cambio, no se había movido del hospital, pero lidiaba con la ardua tarea de evitar a Alicia, quien prácticamente lo estaba acosando. Todas las enfermeras le informaban que la madre