Este hombre nunca estuvo preparado para escuchar algo así. Su rostro lo delataba: esta vez no era la ira lo que se había apoderado de él, sino el dolor y la tristeza. Su expresión era un poema roto, sin versos ni rima. No tenía fuerzas para emitir una sola palabra; tampoco para quebrarse. Apenas alzó la mano, haciéndole una seña silenciosa para que continuara con su relato.
—Ese día yo estaba más destrozada que nunca —comenzó Alicia, con la voz temblorosa—. Sabía que me acercaba al final. Mi fa