Mundo ficciónIniciar sesiónAres, un hombre que fue traicionado por la mujer que ama un día antes de su boda. Decide huir de la humillación que sufrió en su país natal, Grecia. Después de varios años entregado a su profesión, recibe la visita inesperada e inoportuna de Agnes, quien fue su cuñada. La hermana de esa mujer que tanto daño le hizo. Ella está decidida a hablar con él sin importar el odio que él siente hacia su familia. Porque hay algo más fuerte que la motiva y es el amor que siente por su único sobrino, el cual está muriendo por una afección del corazón; por eso busca a su cuñado para rogarle que lo opere. Sin importarle que ese niño es producto de la infidelidad. Ares, confundido y molesto, aprovechará esta oportunidad para vengarse, obligándola a casarse y embarazarse antes de volver a Grecia para operar al niño.
Leer másLo que Ares Nikolaou quería era silencio. Sentado en su oficina, entre carpetas y currículos, intentaba mantener los ojos abiertos tras ocho horas en quirófano. El cansancio pesaba y cada párpado se le hacía pesado, pero el hospital no admitía descuidos. Repasó nombres, fechas y referencias mientras el murmullo de los pasillos continuaba como una marea constante.
Una discusión frente a la puerta quebró la rutina. Al principio pensó que sería otra queja cualquiera, algo menor que podría ignorar. Cerró los ojos un momento para recuperar fuerzas. La puerta se abrió de golpe y la figura en el umbral lo dejó helado.
El cuerpo de Ares se tensó de inmediato. La ira se encendió en su interior y las imágenes del pasado volvieron con fuerza. No eran solo recuerdos, era la humillación que todavía quemaba. Lo invadió el rencor que no se cura con tiempo ni excusas.
—¿Qué m****a haces aquí? —explotó Ares—. ¿Cómo te atreves a aparecer frente a mí? ¿No tienes vergüenza?
Ella no retrocedió. Había en su mirada una mezcla de determinación y cansancio. Ares tomó esa osadía como una falta de respeto o como la desesperación de alguien sin opciones.
—¡¡¡Éxo!!! ¡Fuera de mi oficina! —gritó él, intentando que la simple orden borrara su presencia.
—Pensé que ya no hablabas griego —contestó ella con ironía contenida—. Podrás gritar todo lo que quieras, pero no me iré sin hablar contigo. No he venido para remover el pasado.
Pronunciar el apellido le costó mucho a Ares; hasta le produjo arcadas. Y lo dijo con voz cortante, con la aspereza del que vuelve a tocar una cicatriz.
—Makris. El idioma en que hable no te incumbe. Tienes dos minutos para largarte de mi hospital antes de que pierda la paciencia.
Ella arqueó una ceja y respondió sin dudar.
—Al menos recuerdas mi apellido. Cuando estabas con mi hermana, te veías menos amargado.
Eso reavivó la rabia. Antes de que la escena se volviera peor, Ares marcó a seguridad con sus manos que no dejaban de temblar.
—Necesito seguridad en mi oficina —ordenó—. Hay una persona a la que se le prohíbe la entrada a cualquiera de mis propiedades.
Sus ojos estaban inyectados de odio. Por un momento, la violencia cruzó su mente. Pensó en acabar con la presencia que lo enfrentaba a todo aquello que había tratado de enterrar. La furia lo dominaba.
Ella levantó las manos en señal de rendición y habló despacio.
—Me rindo. No he venido a provocarte. Ares, mi intención no es torturarte ni reabrir viejas heridas. Estoy aquí por un tema de vida o muerte. Olvida lo demás un instante y escúchame.
Ares no cedió. Para él el pasado no era algo que pasara con hablar. Había sido objeto de burlas públicas, de noticias y miradas que lo dejaron desnudo. Creía que aquello no merecía compasión.
—Primero —dijo con dureza—, no tienes derecho a dirigirte a mí por mi nombre. Segundo, ese pasado que mencionas aún me persigue; gracias a ti y a tu familia mi reputación está por el suelo. Tercero, no pienso escucharte. Y te advierto: no vuelvas. Podría acabar contigo, niña.
Ella sostuvo la mirada y su voz cambió. Al principio tembló, luego se llenó de urgencia.
—Ya no soy una niña y me llamo Agnes —dijo—, por si lo olvidas. Nadie sabe que estoy aquí. Solo te pido un minuto. Esto no tiene que ver solo con mi hermana.
Fue en ese instante cuando dos guardias abrieron la puerta y la sujetaron del brazo para sacarla. Antes de que la empujaran hacia el pasillo, lanzó una súplica que cortó el aire.
—Nikolaou, por favor —gritó—. Te ruego que me escuches.
Las lágrimas la traicionaron. Ares la miró en silencio, confundido entre la rabia y algo parecido a la curiosidad. Agnes habló entre sollozos, y cada palabra tocó una fibra que Ares había protegido durante años.
—Mi sobrino está muriendo —dijo—. Necesita una operación a corazón abierto y tú eres el mejor cirujano del mundo.
El golpe fue directo. Ares sintió cómo su cuerpo se inmovilizaba. La mención del niño lo atravesó como un bisturí. Por primera vez en la tarde, algo distinto a la rabia lo movilizó. Recordó la fragilidad de las vidas que entran a su quirófano, recordó por qué había elegido la medicina.
El silencio que siguió fue denso y pesado. Por primera vez, la contienda entre su rencor y su deber profesional se hizo visible. La coraza que había levantado para protegerse del dolor comenzó a resquebrajarse. Esa noche, la medicina pedía neutralidad, pero su pasado gritaba venganza.
En un arrebato, volcó todo lo que había sobre su mesa. Los papeles cayeron en desorden y el ruido pareció darle cuerpo a su desconsuelo. Sentía que la herida que creyó cerrada latía con más fuerza que nunca. Cada recuerdo era como un corte sin anestesia. Había enterrado aquel dolor, pero la tumba había sido profanada.
Recordó por qué abandonó su país, por qué tuvo que huir. La traición lo había destrozado, forzó su salida y lo obligó a rehacer su vida lejos de todo. Ahora la familia Makris volvía a aparecer, como si quisieran reabrir aquello que él había cerrado con tanto esfuerzo.
Caminó de un lado a otro por la oficina como un león enjaulado. La osadía de Agnes le parecía intolerable. ¿Cómo se atrevía a pedirle que operara al hijo de la mujer que lo había humillado? Un pensamiento oscuro emergió: si ese niño hubiera sido suyo, si la traición no hubiera ocurrido, tal vez no sentiría este conflicto. Esa idea lo persiguió con fuerza.
No pudo soportarlo más. Cogió su abrigo y salió del hospital. Caminó hasta un bar cercano, uno de esos lugares de su entera confianza. Pidió un whisky doble y otro más. Los tragos no calmaban la tormenta. Los recuerdos volvieron con la crueldad de un proyector que no perdona.
Rememoró los días junto a la mujer que fue su novia, las risas que después fueron mentiras y la noticia que lo destruyó. Pensó en la hipocresía de una familia que se proclamaba intachable, mientras en la realidad lo había arrasado. La amargura se mezcló con la certeza de que huir no bastaba para borrar el pasado.
Nunca hubiera imaginado que una Makris fuera capaz de hacer algo tan bajo como eso, siendo de las mejores y más tradicionales familias de Grecia.
Verla así frente a él lo hacía sentir imponente, como si fuera el dueño del jodido mundo y así lo era. Porque tenía a sus pies a su mujer, su esposa. Ares, sin previo aviso, cargo a Agnes, dejando que sus piernas se enrollaran en su cintura y la empotró contra la puerta para llevar sus labios a su oído y susurrar.—Te has lucido mi reina, ahora me toca a mí complacerte —mordió el lóbulo de su oreja, deslizándose lentamente hasta soltarlo, para luego llevar sus besos a sus labios.Quería poseerla, tenerla, mostrarle que era suya, que le pertenecía y es que observar a su ex con el hombre que lo había traicionado le hizo entender que esta vez no dejaría espacio para que eso sucediera. Esta vez poseería a su mujer al punto de volverla loca, necesitaba demostrarle que el único hombre que la podía complacer y hacer feliz era él. Quería dejarle claro a ella que no tendría nunca nada que buscar en la calle, así que con ese pensamiento la atacó de forma violenta, casi salvaje y contundente.El
Ares mostró su autoridad, y la familia Makris no tuvo otra opción que retirarse, dejando tras de sí un ambiente cargado de hostilidad y resentimiento.Era cierto que él había dejado atrás el rencor que alguna vez sintió hacia esas personas para poder operar al niño, pero aquellos sentimientos regresaron con más fuerza. Ahora solo deseaba destruirlos, acabar con ellos y demostrarles su poder.Estuvo a punto de actuar impulsivamente y besar a su esposa frente a Alicia, pero al ver el rostro marcado de Agnes, la ira lo consumió. No permitiría que siguieran haciéndole daño, que la humillaran de ninguna manera. No ellos. Con voz firme y tono obstinado, ordenó a una enfermera que se acercara y llevara a la señora a la UCI, para que pudiera cuidar de su hijo.Alicia lo observó, sorprendida. Primero por la dureza con la que se dirigió a la enfermera, y luego porque, ingenuamente, había creído que tendrían un momento para hablar. Algo dentro de ella la impulsaba a confrontarlo, a entender sus
Ella, incrédula y enfurecida, observó a su madre y le respondió sin vacilar: —¿Qué quería que hiciera, dejar morir a mi sobrino? Hice lo que cualquiera con dos dedos de frente habría hecho: buscar la solución. Para nadie es un secreto que Ares es el único que podía salvarlo, y así fue.Ahora es tiempo de que dejes de buscar culpables al azar, de que dejes de fingir que buscas soluciones y enfoques, tu odio y rencor hacia la verdadera responsable de colocarnos en esta situación. ¿O es que te da miedo enfrentar a tu propia hija? —continuó, con la voz cortante—. Y decirle que, gracias a su comportamiento de zorra, su hijo casi muere.—¡Hazlo, mamá! —exigió—. ¿Quieres gritar, explotar y desquitarte con alguien? Aquí está Alicia y el inútil de su marido; ¿por qué no les reprochas todo lo que le hicieron a ese pobre hombre que daba su vida por ella? ¿Por qué no les reprochas haberse enrollado con su mejor amigo mientras su prometido estudiaba para darle un futuro mejor?Agnes no se detuvo.
Ares se impresionó profundamente al ver la determinación de Agnes y se dejó arrastrar por ella hasta llegar a la última escalera que los separaba de su familia.En ese instante, sus mayores temores se hicieron realidad y ambos respiraron hondo. Ares, siendo el más consciente de los dos, soltó su mano y le dio indicaciones.—Lo mejor será que tú bajes primero —dijo con calma.Ella lo observó con una ceja alzada, desconfiando de la decisión que él había tomado y pensando que se había acobardado, algo que nunca creyó posible. Sin embargo, él ignoró por completo lo que vio reflejado en su rostro y le indicó con la mano que siguiera. Agnes obedeció, aunque fuera en contra de su voluntad.Desilusionada y confundida con la situación, bajó las escaleras y se encontró con su familia llorando de felicidad. En cuanto la vieron, corrieron a abrazarla y a agradecerle por lo que había hecho por el niño.—Gracias, hermana, no tengo cómo pagarte lo que has hecho por mi hijo —le dijo Alicia entre sol
Último capítulo