Verla así frente a él lo hacía sentir imponente, como si fuera el dueño del jodido mundo y así lo era. Porque tenía a sus pies a su mujer, su esposa. Ares, sin previo aviso, cargo a Agnes, dejando que sus piernas se enrollaran en su cintura y la empotró contra la puerta para llevar sus labios a su oído y susurrar.
—Te has lucido mi reina, ahora me toca a mí complacerte —mordió el lóbulo de su oreja, deslizándose lentamente hasta soltarlo, para luego llevar sus besos a sus labios.
Quería poseerl