La sonrisa de Denayt y el brillo de sus ojos podían opacar incluso la majestuosidad que la rodeaba. Ni las bóvedas infinitas ni los frescos del techo parecían importar tanto como esa expresión suya, tan genuina. Esa sonrisa pura, reflejada en la luz de sus ojos, irradiaba algo que ninguna obra de arte podía igualar.
Entre las sombras proyectadas por las altas estanterías, un par de ojos acerados la siguieron en silencio. Vincent estaba en Praga por negocios, pero no desaprovechó la oportunidad