Tenían un poder que yo ni siquiera imaginaba. Me habían hecho mojar el piano entero, gritar como una loca y llorar de placer en menos de cinco minutos. Y él los movía con la misma facilidad con la que tocaba una melodía complicada. Era aterrador y adictivo.
Él pareció leer mis pensamientos. Acercó su boca a mi oído y susurró:
—Ahora ya lo sabes, Denayt. Cuando sientas esa presión otra vez… no te contengas. Déjalo salir. Quiero que me inundes cada vez que te toque. Porque esto es solo la prueba