Frunció el ceño, molesta.
La observé en silencio, cruzándome de brazos, una pequeña sonrisa arrogante se dibujó en mi rostro.
Me resultaba… casi divertido.
Porque tenía razón.
Eso era exactamente lo que habría dicho. El hombre que siempre tenía el control. El que convertía todo en normas para no sentir absolutamente nada.
Pero esa vez… Ni siquiera lo había pensado. Solté una risa baja.
Ella levantó la mirada de inmediato, confundida, como si algo no encajara.
—Qué bueno que lo tengas tan claro