Las luces tenues del despacho privado de Albert Brown apenas iluminaban la habitación. No era la oficina lujosa de siempre, sino un lugar más sobrio, discreto, en la zona antigua de Madrid. Aquel espacio lo había reservado por semanas, desde que decidió actuar. Un lugar lejos de cámaras, lejos de Helena, lejos del apellido Brown… al menos por unas horas.
Frente a él, Emily, con una libreta llena de anotaciones, y Valeria, con el ceño fruncido mientras devoraba un croissant como si estuviera en