La mañana amaneció con un cielo despejado, como si incluso el universo hubiera decidido alinearse con los planes de las familias Brown y MCNeil. En la mansión costera de los Brown, todo era un torbellino de actividad, lujo y euforia contenida. El jardín había sido transformado en un escenario sacado de una revista de bodas de alta gama: flores blancas y champagne cubrían cada rincón, cortinas de tul colgaban de pérgolas de madera envejecida, y una sinfonía suave sonaba de fondo, cortesía de una