Emily
El zaguán de la mansión Brown era tan intimidante como recordaba. Techos altos, cuadros antiguos, mármol por doquier y ese silencio de mausoleo que parecía decir: “Si no tienes apellido, no perteneces aquí”.
Pero Emily sí estaba allí. Porque Helena lo había organizado así. Porque la señora Brown había pedido “verla personalmente”.
—Señorita Thompson —dijo la ama de llaves con su típica sonrisa ensayada—, la señora la espera en el salón azul.
Emily tragó saliva. Iba con un vestido sobrio,