La habitación estaba iluminada solo por la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas de terciopelo. El aire olía a champagne, piel caliente y algo indefinible… como expectativa suspendida.
Emily estaba allí, de pie junto a la cama del hotel, envuelta en un conjunto negro de encaje tan pequeño que no dejaba mucho a la imaginación.
Albert entró sin anunciarse.
Sus ojos la recorrieron con una intensidad que derritió el último vestigio de lógica en su cerebro. No dijo nada. No lo necesitab