La Cobra, con sus gafas oscuras puestas, no miraba el paisaje. Miraba a Fernando. Veía cómo el abogado observaba a Carmen con una intensidad que dolía. Él sufría con cada lágrima de ella. La Cobra apretó la mandíbula; sabía que su amor era un secreto que se llevaría a la tumba, igual que Ernetor Silva.
Fernando, por su parte, escaneaba el perímetro por instinto. Y entonces lo vio.
Vio el Aston Martin gris aparcado lejos. Vio la figura alta, vestida de negro, apoyada contra el tronco de un árbol