La primera noche en la celda de detención no fue una noche; fue una caída interminable en un pozo de tiempo. No había relojes, solo el goteo rítmico de una tubería lejana y los gritos ahogados de otros detenidos que resonaban en el hormigón frío.
Valentina se acurrucó en el camastro de metal, sin manta, abrazándose las rodillas. El hedor era una mezcla penetrante de orina vieja, lejía industrial y miedo humano. Era un contraste brutal con el lujo asfixiante de la mansión Valente o incluso con l