El despacho, que minutos antes había sido un escenario de tensión contenida, se convirtió en una caja de resonancia para el caos.
Beatriz, con la visión nublada y las extremidades pesándole como si estuvieran hechas de plomo fundido, se aferró al marco de la puerta. El veneno que Nicolás le había administrado —una dosis calculada en su copa de vino durante la "reconciliación" fingida— comenzaba a reclamar su sistema nervioso. Pero la adrenalina del odio era un antídoto temporal y poderoso.
—¡Tr