El amanecer no trajo calidez, solo una luz grisácea y enferma que se filtraba por las rendijas del techo de madera. El olor a estiércol, paja húmeda y el rancio aroma de una noche que parecía haber durado un siglo, eran el perfume que recibía a Valentina.
Había regresado al establo antes de que saliera el sol, obligada por el jefe de seguridad para mantener la coartada. Ahora se movía entre los boxes con la lentitud autómata de quien cumple una sentencia, limpiando lo que ya estaba limpio, solo