El silencio volvió a apoderarse del pequeño box en el establo, pero ya no era un silencio vacío. Estaba cargado de la electricidad estática de dos cuerpos que acababan de colisionar. El olor a paja y humedad se mezclaba ahora con el aroma inconfundible del sexo y el sudor.
Nicolás se puso de pie, sacudiéndose briznas de heno de su ropa de diseñador, ahora arruinada. Su respiración ya se había regularizado, y con ella, su máscara de frialdad comenzaba a descender de nuevo. Se subió el cierre del