La arrastró por el pasillo del establo. Valentina intentó frenar con los pies, pero él era demasiado fuerte. La llevó hasta el final, donde había un gran estanque de piedra lleno de agua helada para los caballos.
—¡No! ¡Nicolás, por favor! —suplicó ella al ver el agua oscura.
Sin decir una palabra, Nicolás la tomó por la nuca, enredando sus dedos en su cabello, y hundió su cabeza en el abrevadero.
El agua helada invadió la nariz y la boca de Valentina. El sonido del mundo se apagó, reemplazado