El establo estaba sumido en una penumbra opresiva, solo rota por el parpadeo de una bombilla vieja que colgaba del techo. El aire era una mezcla densa de humedad, paja podrida y el olor penetrante del estiércol. Valentina, con los músculos ardiendo por el esfuerzo y las manos llenas de ampollas, continuaba paleando los desechos del box de Tormento.
No lo hacía solo por obedecer a Beatriz, sino para mantener la coartada. Necesitaba parecer agotada, rota, la perfecta esclava que no se ha movido d