Capítulo 22: Una sentencia de muerte

El establo estaba sumido en una penumbra opresiva, solo rota por el parpadeo de una bombilla vieja que colgaba del techo. El aire era una mezcla densa de humedad, paja podrida y el olor penetrante del estiércol. Valentina, con los músculos ardiendo por el esfuerzo y las manos llenas de ampollas, continuaba paleando los desechos del box de Tormento.

No lo hacía solo por obedecer a Beatriz, sino para mantener la coartada. Necesitaba parecer agotada, rota, la perfecta esclava que no se ha movido d
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