El sonido del cristal rompiéndose aún vibraba en el aire, compitiendo con el murmullo de los invitados que, ajenos a la tragedia, veían el incidente como un simple descuido de una invitada deslumbrante. El champán se extendía por el mármol como un charco de oro perdido, mojando la punta de los zapatos de Fernando y el dobladillo del espectacular vestido esmeralda de Carmen.
Carmen no sentía el frío del líquido en sus pies. No sentía nada, excepto un vacío ensordecedor en el pecho.
—¿Estás bien?