La furia que ardía en su interior no le permitió pensar con claridad. Era un fuego rabioso que nublaba su juicio, que lo empujaba hacia la locura sin freno. Connor se abalanzaba con torpeza, como un animal herido y desesperado, ignorando que su cuerpo famélico, deshidratado y exhausto no tenía comparación alguna con la imponente fuerza de Marcos.
Él, amanecido, con los labios partidos por la sed y la piel blanquecina cubierta por el frío de la madrugada, era apenas la sombra de un hombre. En ca