No le quedaban ahorros; la mente le bullía de problemas y la barriga le rugía como un animal rabioso. Caminó la habitación con pasos cortos, la luz mortecina apenas delineaba las grietas de la pared. No sabía qué hacer. Todo le pesaba: la humillación, la amenaza, la sensación de que su vida se deshacía en un manojo de pequeños fracasos. Aquella pregunta de Marcos seguía retumbándole en la cabeza como una sentencia que no permitía réplica.
Aunque le doliera aceptarlo, él había tenido razón. ¿Cuá