Habían pasado dos días desde que Matthew le había hecho aquella amenaza. Cada amanecer desde entonces se había sentido como una sentencia que la perseguía y la agotaba.
Ella, que antes encontraba en las mañanas una promesa de reinicio, ahora despertaba con la pesadez de un nombre que se repetía en la garganta.
Se había asustado y había decidido no responder; había bloqueado su número y eliminado cualquier rastro digital que lo conectara con ella, aunque sabía, en lo más hondo, con la certeza de