Más de veinte llamadas perdidas.
Una cascada incesante de notificaciones brillaba en la pantalla del teléfono, como un coro de lamentos que imploraban su atención. Había mensajes cargados de súplicas, voces de su familia que le rogaban desesperadamente una señal de vida, una mínima respuesta, una palabra que confirmara que seguía allí, que aún estaba respirando en algún rincón del mundo.
Pero a él no podía importarle menos.
Nada de eso tenía peso.
Nada, salvo ella.
La obsesión lo consumía como