La pregunta la dejó helada, como si un balde de agua gélida le hubiese recorrido la espalda. Aunque lo esperaba, aunque sabía en lo más íntimo de sí misma que él sacaría aquel tema tarde o temprano, no dejó de estremecerse al escucharlo. La certeza de que sus labios pronunciarían esas palabras no la preparó para el impacto brutal que le causaron.
—Por favor, no hablemos de eso.
Su súplica sonó quebrada, frágil, como un cristal a punto de resquebrajarse. Pero Connor no era hombre de compasión. S