Connor se sentó en el borde de su cama, hundido en un silencio que no lograba espantar. La habitación era un templo de lujo: perfumes alineados en estantes de mármol, relojes de colección, trajes confeccionados por los sastres más exclusivos de Europa. La cama misma costaba casi veinte mil dólares, diseñada para dar la ilusión de descanso perfecto. Todo estaba ahí, un mundo construido sobre el dinero y la opulencia, pero aun así, el vacío lo consumía.
¿Por qué se sentía como un cadáver en vida?